El trofeo que se le entrega al equipo que gane la Copa Mundial de fútbol no siempre fue así como lo conocemos, esa pieza de oro macizo de 18 quilates, que representa a dos figuras humanas que sostienen el planeta Tierra, sobre una base con dos anillos de malaquita y un peso total de 13.5 libras.
Antes de eso, estuvo el trofeo Jules Rimet, con una apariencia totalmente distinta y nombrado así en honor al francés que presidía la FIFA cuando nacieron los Mundiales en 1930.
Rimet, un abogado y dirigente deportivo, fue el tercer presidente de la FIFA y el que más tiempo estuvo en el cargo, desde 1921 hasta 1954, y artífice fundamental en impulsar la idea de un certamen para definir cada cuatro años qué país merecía ser considerado el mejor del planeta.
El trofeo Jules Rimet consistía en una figura alada de Niké, la diosa griega de la victoria, que sostenía con sus brazos levantados una copa en forma de octágono y se asentaba en una base de lapislázuli, sobre la cual se incrustarían los nombres de los campeones.
Se le encargó su creación al escultor francés Abel Lafleur, quien bautizó su obra como “Diosa de la Victoria”.
El campeón lo conservaría por los siguientes cuatro años y lo devolvería, para entregárselo al próximo ganador, pero justo antes de comenzar el primer Mundial en Uruguay, en 1930, se acordó que el país que se coronara tres veces, se quedaría con el trofeo a perpetuidad.
Pero desde siempre, hubo quienes lo “quisieron ganar”, sin jugar al fútbol.
Los nazis
Luego de que los anfitriones uruguayos se titularan en el evento inaugural, Italia se llevó la Jules Rimet en dos ocasiones seguidas, en 1934 y 1938. Pero llegó la Segunda Guerra Mundial y el torneo entró en pausa.
Luego del derrocamiento del dictador fascista Benito Mussolini en 1943, los nazis ocuparon el norte y el centro del país, donde, como en otros territorios que invadieron, saquearon gran parte del patrimonio cultural de cada país.
El entonces vicepresidente de la Federación Italiana de Fútbol, Ottorino Barassi, sacó en secreto el trofeo de la bóveda de un banco en Roma y la escondió en una caja de zapatos debajo de su cama, por temor a que los alemanes lo confiscaran. Ahí la mantuvo a salvo hasta el fin del conflicto.
Edward Betchley y Sydney Cugullere
En 1966, el Mundial llegó a Inglaterra. El país creador del más universal de los deportes organizó por primera y hasta ahora única vez el magno evento.
Pero un ladrón profesional, llamado Sydney Cugullere, estuvo a punto de echar a perder la fiesta, al sustraer el trofeo que estaba en exposición al público en el Methodist Centrall Hall, en Westminster, Londres, unos meses antes del inicio del certamen.
Cugullere falleció sin nunca pagar por su delito, y el único condenado en relación con el robo fue Edward Betchley, un supuesto intermediario que se comunicó con Joe Mears, presidente de la Asociación Inglesa de Fútbol, para pedirle un rescate de 15 mil libras esterlinas por la pieza sustraída.
Betchley fue detenido cuando presuntamente se llevaría a cabo el intercambio del trofeo por el dinero, y condenado a dos años de cárcel.
Pero nunca denunció a nadie y murió en 1969, un año después de salir de prisión. De hecho, no se sabe si en realidad estaba vinculado al ladrón o si, simplemente, era un extorsionador que quiso sacar ventaja de aquel acontecimiento.
No fue hasta 2017 en que salió a relucir el nombre de Cugullere, cuando un reportero del tabloide Mirror recibió una sólida pista.
Pero ya el sujeto había fallecido, aunque su sobrino confirmó el robo, del cual se habría arrepentido, al no encontrar posibles compradores de la valiosa pieza.
Jim Corbett, un londinense que paseaba con su mascota, se detuvo a hablar en una cabina telefónica, cuando el perrito, llamado Pickels, comenzó a olfatear un objeto sospechoso envuelto en papel periódico y atado con una cuerda, junto a un auto.
¡Ahí estaba la Jules Rimet! Pickles, un pequeño Jack Russell, se convirtió en el héroe que salvó el Mundial de Inglaterra.
El perrito murió un año después y su collar se exhibe en el Museo del Fútbol de Manchester.
A la tercera fue la vencida
Brasil, que ya había ganado los Mundiales de 1958 y 1962, se coronó por tercera ocasión en 1970, por lo que recibió la copa Jules Rimet a perpetuidad.
El 19 de diciembre de 1983, el trofeo fue robado de las oficinas de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), cuando dos individuos entraron al edificio y neutralizaron al vigilante nocturno.
Los delincuentes, un ex policía llamado Francisco Rivera, alias Chico Barbudo, y José Luiz Vieira, apodado Luiz Bigode, fueron contratados por el banquero Sérgio Pereira Ayres, para perpetrar el robo.
Juan Carlos Hernández, un comerciante argentino de oro, habría recibido la pieza, para fundirla en lingotes.
Los cuatro individuos fueron arrestados y juzgados, pero lograron escapar antes de ser sentenciados.
Pereira Ayres y Bigode fueron capturados poco después y en 1998 salieron de prisión, mientras que Chico Barbudo fue asesinado a tiros en un bar en 1989.
Hernández huyó a Francia, pero regresó a Brasil y fue arrestado en 1998 en Sao Paulo. Fue condenado por narcotráfico y excarcelado en 2005, sin haber cumplido la pena por receptación de bienes robados que le correspondería por el trofeo.
Ese mismo año, Pereira Ayres, el cerebro detrás del robo, murió de un ataque al corazón.
La Copa Jules Rimet jamás se recuperó y en 1984, la FIFA le entregó una réplica a la CBF.
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