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El otro Martí

"Los aficionados a la pesca le parecían gente harto fácil de entretener, y de poco más seso que los propios pescados". José Martí
"Los aficionados a la pesca le parecían gente harto fácil de entretener, y de poco más seso que los propios pescados". José Martí

El autor celebra el bicentenario del nacimiento de Henry Bergh, cuya lucha contra el maltrato a los animales conmovió a José Martí

Los rostros del horror son infinitos, y entre los más comunes, y por comunes, inadvertidos, está el rostro del pez que luego de morder el anzuelo y sentir cómo éste le ensarta el cielo de la boca, el envés de la barbilla o un ojo, es sacado del agua de un tirón, empuñado groseramente mientras se asfixia y desprovisto de boca, barbilla y ojo cuando el pescador, impaciente, decide liberar el anzuelo, no al pez, tirando una vez más de la cuerda y desgarrándole el hocico. La costumbre debería provocar, al menos, extrañeza, pero lo extraño es que alguien manifieste angustia o indignación ante ella; resultaría ridículo.

Henry Bergh
Henry Bergh

La admiración de José Martí por Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Abraham Lincoln, Henry Wadsworth Longfellow, Henry David Thoreau, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Thomas Alva Edison, Peter Cooper y otros norteamericanos relevantes es harto conocida. No así su admiración por Henry Bergh (1813-1888), creador de una de las instituciones más nobles y dinámicas de Estados Unidos: la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (ASPCA); institución fundada en 1866 que no ha cesado de expandirse y educar a millones de ciudadanos sobre la necesidad de respetar los derechos de aquéllos que, aun sirviéndonos, o acaso por servirnos, son blanco frecuente de nuestra insensibilidad.

La muerte de Henry Bergh el

Monumento a Henry Bergh.
Monumento a Henry Bergh.

12 de marzo de 1888 conmovió a Martí, que no había pasado por alto los desvelos de este hombre por lograr que las autoridades neoyorquinas respaldaran un proyecto destinado a castigar a quienes infligieran maltrato a los animales, ni había sido indiferente a las burlas que esos desvelos habían merecido por parte de la prensa y un buen número de vecinos de ambos: Martí residía en Nueva York desde enero de 1880. El resultado de aquella solidaridad fue un texto donde no se sabe qué admirar más, si el retrato de Bergh o el de la ciudad despiadada que, gracias a la firmeza de aquél y su llamado a la compasión, se humaniza:

Cuando, movidos a bondad por el terror, compartían los cocheros con sus caballos el brandy que reparaba sus fuerzas idas en el temporal de nieve; cuando al caer exhausto su percherón sobre la nevada, salta un carrero del pescante, le afloja los arneses, le pone por almohada la collera, lo abriga con la manta que carga para protegerse los pies, y se quita el propio sobretodo para echárselo encima al animal, que le lame la mano; cuando los gorriones, desalojados por el vendaval de los aleros, eran tratados como huéspedes favoritos en las casas, y reanimados con mimo al fuego de las chimeneas; cuando un gato chispeante, loco de frío, hallaba refugio en los brazos de un transeúnte hospitalario, moría en Nueva York, pensando en las pobres bestias, un hombre alto y flaco, de mucho coraje y no poco saber, que pasó lo mejor de su vida predicando benevolencia para con los animales.

El obituario tiene aire de docudrama. La prosa vuela, anticipa el cine. Lo que Bergh procuraba Martí lo muestra con una vivacidad que recuerda algunas escenas de “Pandillas de Nueva York”, la película de Martin Scorsese cuyo argumento se desarrolla a mediados del siglo XIX. La conmiseración de Bergh palidece ante la brutalidad de la sociedad que el cubano, solidario, denuncia. La violencia es tal que, al ser descrita, contagia el tono de la escritura de Martí. Entre los propósitos de Bergh estaban:

"Jamás se abría un diario sin encontrar una befa a este buen amigo de los animales". José Martí
"Jamás se abría un diario sin encontrar una befa a este buen amigo de los animales". José Martí


Que no se latiguease a los caballos. Que no se diese de puntapiés a los perros. Que no se ejercitaran los niños en enfurecer a los gatos. Que no clavasen a los murciélagos en las cercas, y les diesen de fumar. Que puesto que el hombre no quiere convencerse de que no necesita de carne para vivir bravo y robusto, ya que ha de matar reses, las mate bien, sin dolor, pronto. Que el que trae tortugas vivas al mercado, no las tenga tres días sin comer como las tiene, sino aunque hayan de morir después, les dé algas y agua. Si las serpientes han de alimentarse con conejos vivos, que se mueran de hambre las serpientes.

Martí esboza la vida de Bergh, sus trajines por conseguir que la empatía prime sobre el desprecio hacia otras formas de vida no humanas, por cuanto el maltratarlas, sobre ser inicuo, abestia al hombre, y nada le parece más justo para ilustrar la magnitud de esos trajines que arracimarlos con Bergh al centro, un animal más entre los animales, una fiera menos entre las fieras, sus contemporáneos:

Caricatura de Henry Bergh en la prensa norteamericana: "Hasta los animales se ríen de él".
Caricatura de Henry Bergh en la prensa norteamericana: "Hasta los animales se ríen de él".

Él perseguía cuanto en el hombre nutre la ferocidad. Mientras más sangre coma y beba, decía Bergh, más necesitará el hombre verter sangre. Los pueblos tienen hombres feroces, como el cuerpo tiene gusanos. Se han de limpiar los pueblos, como el cuerpo. Se ha de disminuir la fiera. Él ahuyentó a los peleadores de perros. Él hizo multar y prender a los que concurrían a las peleas, y a los que de cerca o de lejos apostaban. Él extinguió las riñas de gallos. Él acabó con los combates de ratas. Desde muy temprano salía a recorrer los lugares de la ciudad donde trabaja más el caballo, que era su animal favorecido, y con tan sincera bondad procuraba inspirarla a los carreros, que éstos llegaron a ver como amigo a aquel “caballero flaco” que salió llorando del juzgado el día en que un abogado alquilón lo llenó de injurias porque pidió el favor de la ley para que un carnicero no hiciese padecer a las tortugas el horror del hambre.

Copiamodas majaderos de la Quinta Avenida, llama Bergh en inglés --y Martí en español-- a los estadounidenses ansiosos de traer a este pueblo humano la bárbara caza de la zorra. Añadiendo: porque si habíamos de hacer nuestra independencia para imitar ahora las cacerías en que los lores antiguos se enseñaban a cazar hombres, no valía la pena cambiar de gobierno.

Martí no se limita a inventariar las luchas y conquistas de Bergh sino los artificios propuestos por éste para aliviar el sufrimiento de los animales y, gentileza de gentilezas, ofrecer a los hombres alternativas para no tener que perjudicar a aquéllos a la hora de practicar sus deportes sangrientos:

Tumba de Henry Bergh en el Cementerio Green-Wood de Nueva York.
Tumba de Henry Bergh en el Cementerio Green-Wood de Nueva York.


Y como la bondad no anda sola, sino que es precisamente lo que en el mundo necesita más estímulo, no se contentaba Bergh con decir que debía tratarse bien a las bestias, sino que imaginaba las novedades necesarias para su buen trato, y hoy inventaba el carro donde se lleva sin sacudidas al caballo enfermo, y mañana el pescante para alzar de zanjas o cuevas al caballo desfallecido, y luego las palomas de barro, que por todas partes han sustituido ya a las vivas en el tiro de paloma. Los aficionados a la pesca le parecían gente harto fácil de entretener, y de poco más seso que los propios pescados.

El legado de Henry Bergh no es inferior al de otros norteamericanos que José Martí admiró, y acaso aventaje el de algunos, sobre todo aquéllos de estricta índole literaria. Doscientos años después de su nacimiento, la mayoría de sus compatriotas vela por el bienestar de sus animales con un celo que los convierte en el hazmerreír de otras sociedades más toscas precisamente allí donde el ser humano se distingue del resto de sus compañeros de reino y, en cierto sentido, los sobrepasa. Henry Bergh ha reencarnado en esa mayoría. Martí debe de haberlo intuido al finalizar su esquela:

No se debiera escribir con letras, sino con actos.

El autor se pierde en cuatro versos insignificantes de José Martí, va a parar a Kioto y a Roma y encuentra a Cuba intacta.

Paisaje con caballos, Carlos Enríquez (1900-1957)
Paisaje con caballos, Carlos Enríquez (1900-1957)


Los poemas menores de los poetas mayores suelen reservar sorpresas a quien lejos de desdeñarlos se adentra en ellos sin más propósito que huir de la monotonía del canon y sin más ilusión que regresar de la aventura con una muestra inadvertida del genio del autor; no para redimir la totalidad del texto sino para disfrutar de una felicidad similar a la que produce el encuentro con un colibrí en el paraje más oscuro del monte. Ese fulgor momentáneo puede sumirlo en una divagación tan estimulante como cualquiera de los grandes hallazgos del poeta y proporcionarle la gratísima sensación de haber visitado un terreno virgen donde el pájaro, inédito a otros merodeadores, más que encontrarle por azar aguardaba por él.

No hay más que internarse en la obra menos estimada de José Martí y atisbar el entorno para que los colibríes se personen. No utilizo el verbo irresponsablemente: algunas de estas aves, al dirigirse al poeta, exhiben cualidades humanas:

Me ha dicho un colibrí, linda María,
Que están todos colgados de azahares
Los tristes ¡ay! los mágicos palmares,
En que mi patria es bella todavía.


Estos versos extraídos del poema “A María Luisa Ponce de León”, poema de circunstancia escrito el 5 enero de 1887, no pueden figurar entre los más significativos de su autor, pero tampoco están huérfanos de encanto. Hay en el primero de ellos, además de un aire de fábula y un tono conversacional al que el calificativo de “linda” añade desenvoltura --como se la añade al mar que Rubén Darío describe a Margarita Debayle--, una musicalidad que va a propagarse por los versos siguientes y a deleitar a quien se anime a decirlos en voz baja. Martí, desterrado en Nueva York, tiene por informante a un minúsculo pájaro multicolor recién llegado de Cuba, quién sabe si de visita o decidido, como él, a avecindarse en la urbe a pesar del invierno; un pájaro cuyo testimonio sobre el estado de la naturaleza cubana lleva al escritor nostálgico a extractar la isla en una sola manifestación de su paisaje: los sitios poblados de palmas.

De mágicos califica Martí estos sitios, y de tristes, pero abundantes en flores, flores blancas cuyos tallos trepan los troncos monumentales, lanzan al vacío sus gajos y hacen pensar, dada la fecha que exhibe el poema, en los aguinaldos, cuyas campanillas y hojas acorazonadas alegran la temporada de Navidad. La magia y la tristeza son fruto agridulce del recuerdo de un desterrado a quien el campo natal cautivó de niño y a quien la poesía de sus antecesores no le es extraña: el tercer verso remonta a uno de los más célebres de la poesía cubana, las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas, escrito por el joven José María Heredia, otro desterrado, ante el Niágara, en junio de 1824.

El cuarto verso remonta más lejos aun, a un haiku de Matsuo Basho (1644-1694) donde el maestro japonés mira a su alrededor y echa de menos la ciudad donde, paradójicamente, se encuentra:

Aun en Kioto,
si oigo al cuco cantar
añoro Kioto.


Tanto ha cambiado Kioto, tanto se ha alejado de sí misma, que la añoranza embarga al autor cuando escucha a uno de los pájaros más representativos de su país cantar y advierte que ese canto es lo único que queda incólume de la ciudad que amó, que Kioto ha dejado de ser una realidad física para ser apenas un sonido, el canto de un ave.

El haiku de Basho remonta, a su vez, a Francisco de Quevedo (1580-1645):

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas…


Quevedo, occidental al fin, tiene que elaborar un soneto para sólo al final sugerir de manera un tanto redundante y aludiendo al Tíber, cuya corriente llora a la ciudad, lo que Basho dice en diecisiete sílabas:

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.


Nada tiene que ver el Kioto que Basho contempla con el que pervive en el canto del cuco: éste, intangible, y no aquél, degradado, es el Kioto auténtico. No hay que visitar Kioto para conocer Kioto; acaso sea mejor no visitarlo. Kioto se ha reducido, trascendiéndose, al llamado de un pájaro.

De la Roma imperial sólo sobrevive el río que la atraviesa, que es y no es el mismo de antaño: si el río es sus aguas, lejos están las que una vez reflejaron la gloria de la ciudad.

Martí, desde Nueva York, sabe que ninguna de las vicisitudes que afronta Cuba menoscaba su belleza: ésta se ha refugiado en los palmares, cuyos penachos altísimos escapan de la torpeza y la ferocidad de los hombres; los palmares, que ya eran, más que una expresión del paisaje, la quintaesencia de la nación, la nación integra.

Me ha dicho un colibrí, linda María,
Que están todos colgados de azahares
Los tristes ¡ay! los mágicos palmares,
En que mi patria es bella todavía.


No sé si hoy pudiera decirse todavía con la firmeza que él lo escribió.

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