La última oleada migratoria cubana, una de las más impactantes en la historia del país, se originó en gran medida debido la crisis económica estructural y sistémica que ha deteriorado drásticamente la calidad de vida y forzado a las familias a buscar el sustento fuera de la isla.
Entre 2021 y 2024, se estima que aproximadamente 1,79 millones de cubanos abandonaron el territorio nacional, lo que representa entre el 14 y el 25% de la población total.
Más allá de las remesas y las cifras de salida, el impacto más agudo se siente en la intimidad del hogar, dando paso a lo que especialistas llaman familias transnacionales: estructuras donde el afecto y el sustento sobreviven a la distancia, pero donde los roles de cuidado se han fracturado.
“La migración no me rompió, pero me transformó para siempre. Perdí el miedo que todo cubano siente en Cuba y al perderlo también dejé atrás una versión mía que vivía midiendo cada palabra, cada opinión, cada silencio. Con el exilio gané libertad, pero el precio ha sido profundamente emocional. Yo dejé en Cuba a mi madre de 87 años, también dejé a mi hermano, a tres sobrinos, a familiares muy queridos y a mis amigos, esos que son familia escogida”, dijo a Martí Noticias la escritora Yanetsy Pino, que llegó a Estados Unidos en 2024.
“Vivo agradecida por la libertad que tengo aquí, pero también cada día vivo con el corazón dividido. Me preocupan sus medicinas, su comida, lo más básico para que puedan vivir con dignidad. Esa preocupación es diaria, constante", agregó.
El impacto de la crisis no solo es emocional, sino financiero. Prestar apoyo a los suyos exige privaciones personales, un sacrificio que Pino asume con la frustración de quien desearía hacer más.
“Quisiera ayudar a todo el mundo porque sé que la precariedad es generalizada, pero es imposible”, admite. Sin embargo, cada gesto de auxilio se traduce en un alivio psicológico: la certeza de que, al menos en su círculo íntimo, el desamparo es un poco menor.
“La libertad me devolvió la voz, sí, pero el amor que dejé allá es un hilo invisible que me sostiene y me duele al mismo tiempo. Y aunque crucé el mar para llegar, una parte esencial de mí sigue viviendo en Cuba. Latiendo con ellos, preocupándose por ellos cada día”.
Para la socióloga Helen Ochoa Calvo, observadora cercana de esta realidad, el panorama es complejo y, en muchas ocasiones, desgarrador. La migración no solo desplaza personas; desplaza responsabilidades y altera la psique de los que se quedan: los niños y los ancianos:
“Es bastante frecuente que niños, cuyos padres emigraron, vivan con otros familiares y por supuesto esto cambia conductas, cambia hábitos, porque muchos de estos niños han quedado al cuidado de personas con los cuales no tenían ni siquiera una relación previa, o puede ser un abuelo, una abuela que no conviviera necesariamente con el menor”.
Aunque no ocurre siempre, es frecuente que la relación padre-hijo se erosione. La pantalla de un teléfono no logra sustituir la presencia diaria y este cambio de mando altera hábitos y conductas, creando un vacío de autoridad y afecto difícil de llenar, considera Ochoa.
En el otro extremo de la vida, los ancianos enfrentan una paradoja: tienen solvencia económica gracias a las remesas, pero viven en una soledad absoluta. Con hijos, nietos y sobrinos fuera del país, la casa familiar se convierte en un espacio de aislamiento. La solución transnacional ha sido la contratación de cuidadores, una dinámica que la experta describe como un arma de doble filo:
“A muchos sus familiares les pagan cuidadores para que estén a tiempo parcial o a tiempo completo en sus casas. Hay ejemplos muy felices de personas conscientes que los cuidan y hay ejemplos infelices de personas que lo que hacen es estafarlos, robarlos”, señaló Ochoa, residente en Cienfuegos.
“Y tampoco hay una estructura, desde el Estado, que permita que estos cuidadores tengan una supervisión”, lamentó.
En 2024, más del 25% de la población cubana superaba los 60 años. La emigración de los jóvenes deja a esta población dependiente de los recursos enviados desde el exterior para su subsistencia.
La socióloga cienfueguera comentó que pesar de las obvias ventajas económicas, “aquellos que son mantenidos desde el exterior, por sus familiares, también padecen de ultraje” porque para un anciano, introducir a un extraño en su hogar es un proceso abrumador: "A una edad donde los cambios son difíciles, tienen que asimilar a personas ajenas en su casa”.
Esto, “en una edad donde ya los cambios tienden a ser traumáticos porque las personas mayores tienen sus vicios, sus manías, sus costumbres, tienen, además, sus necesidades afectivas y sus demandas afectivas muy establecidas”,.
A menudo sucede la adaptación inversa: En lugar de que el cuidador se adapte a las manías y necesidades del anciano, es este último quien termina cediendo su espacio y sus costumbres para no perder la asistencia que recibe, Insistió la socióloga.
La familia cubana hoy se extiende por miles de kilómetros. Si bien el flujo de dinero ayuda a la supervivencia material, el ultraje emocional y la falta de demandas afectivas satisfechas marcan una crisis silenciosa.
Detrás de las cifras, emerge una realidad que la experta Elaine Acosta describe como un fenómeno insuficientemente estudiado pero devastador: el impacto de la migración en las familias transnacionales, marcado especialmente por un marcado rostro femenino y el abandono forzoso de los adultos mayores.
Según Acosta, a diferencia de olas migratorias anteriores, el éxodo actual se caracteriza por ser altamente feminizado. El hecho de que sean las mujeres, que son tradicionalmente el eje de la cohesión doméstica en Cuba, quienes migren, altera los reordenamientos familiares.
"Cuando quien migra es la mujer, los vínculos y la organización en el hogar de origen se transforman de manera muy distinta a cuando lo hace el hombre", subrayó Acosta.
Esta salida masiva de mujeres jóvenes no solo afecta la natalidad futura del país, sino que deja un vacío en la gestión cotidiana de los afectos y las necesidades básicas, obligando a las familias a reinventar sus vínculos a miles de kilómetros de distancia, coinciden las expertas.
“Claramente esto ha tenido una incidencia en las familias que quedan en origen, así como en el reordenamiento también de los vínculos familiares que se establecen en destino”, apuntó.
Uno de los puntos más críticos de esta crisis es la situación de vulnerabilidad en la que quedan las personas mayores. Tras la salida de más de un millón de personas, se estima que esta cifra ha escalado drásticamente. El impacto es doblemente doloroso:
Muchos adultos mayores han perdido el contacto físico no solo con sus hijos, sino con todos sus nietos, quedando en un aislamiento generacional absoluto, expresó Acosta.
Ante la imposibilidad de estar presentes, la familia cubana se ha convertido en una entidad transnacional. El cuidado se ha tercerizado o transfigurado en un "cuidado a distancia", agregó.
“Esto ha significado que el cuidado de las personas, tanto de los niños y adolescentes, como de las personas mayores, se ha transformado ya sea a nivel de las remesas para sostener económicamente, como al uso de videollamadas para patentizar las relaciones de cariño”.
Igualmente, “las competencias familiares, las competencias para la crianza y las posibilidades de cuidado que tienen esas personas que permanecen en origen son mucho más limitadas que las que pueden ejercer sus padres, no sólo por sus respectivos roles, sino también porque todo el sistema de protección social en Cuba, incluido el sistema educacional, se ha ido debilitando significativamente”, recalcó Acosta, investigadora asociada al Cuban Research Institute de Florida International University (FIU).
“Por lo tanto, el impacto emocional a nivel educativo, incluso de salud mental que tiene sobre los niños y niñas cuyos madres y padres han emigrado, sabemos que puede ser bastante significativo”, concluyó.
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