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El otro Martí

El autor invita a los lectores a recorrer Sudamérica junto a Charles Darwin y José Martí.

José Martí lamenta el deceso de Charles Darwin y destaca el valor de su obra en un artículo publicado en “La Opinión Nacional” de Caracas en julio de 1882. No satisfecho, recrea su viaje por Sudamérica con tal lujo de detalles que se le creería miembro de la expedición, su cronista oficial.

Charles Darwin (1809-1882).
Charles Darwin (1809-1882).

La naturaleza americana le abarrota la escritura y pronto anda el lector apartando gajos, saboreando frutas y cuidándose de pisar hormigueros y reptiles o temiendo estropear fósiles. El registro de la fauna anticipa los poemas iniciales del “Canto general” de Pablo Neruda. Nótese la comparación entre las razones que encienden los ojos de las luciérnagas y las que encienden el rostro de los hombres; el horror de algunos animales ante el proyectil que se clava en un árbol, no en ellos; el motivo de la cólera del jaguar; lo que le sugiere el círculo de aves que aureola la cabeza del puma, la rapidez mental y la gallardía del ganado pampero, y finalmente el brote enlodado y animal --como reconciliando la teoría de la evolución y la creacionista-- del hombre de la Tierra del Fuego:

por entre los pies del caminante, salta en montón con el hocico horadador, el taimado tucutuco; ora aparece brindando sosiego, un bosquecillo de mandiocas, cuya harina nutre al hombre, y cuyas hojas sirven de regalo a la fatigada cabalgadura. Ya el terrible vampiro saja y desangra, con su cortante boca, el cuello del caballo, que más que relincha, muge; ya cruza traveseando el guainumbí ligero, de las alas transparentes que relucen y vibran.

Y en medio de la noche, lucen los ojos del cocuyo airado que dan viva lumbre como la que enciende en el rostro humano la ira generosa. Y grazna el cucú vil, que deja sus huevos en los nidos de otros pájaros.

Salíanle al paso, ingenuos como niños, y le miraban confiados y benévolos, los ciervos campestres; los bravos ciervos americanos, que no temen al ruido del mosquete, mas huyen despavoridos luego que ven que la bala del extranjero ha herido un árbol de su bosque.

Jaguar.
Jaguar.

Leyenda es el viaje; hoy esquivan el tímido rostro de los indios; mañana ven lucir en medio de la noche los ojos del jaguar colérico, a quien irrita la tormenta, y afila sus recias uñas en los árboles; ayer fue día de domar caballos, atándoles una pata trasera a las delanteras, y a éstas la cabeza rebelde, y la lengua al labio, y echándolos a andar, sudorosos y maniatados, con la silla al lomo, y el jinete en ella por el llano ardiente…

Y más allá, ¡qué magnífica sorpresa! Allí están los roedores gigantescos, testigos de otros mundos; restos de pegalornis; huesos de megaterio, vestigio del gran caballo americano. Y ¡qué ancas las de esas bestias montañosas!, ¡qué garras, que parecen troncos de árbol!

En mal hora revuelven un nido de avestruz; que el avestruz ataca sin miedo a los viajeros de a pie o de a caballo que revuelven sus nidos. Ruge el jaguar que pasa, seguido de gran número de zorras, como en la India siguen al tigre los chacales; que lo que en otras tierras es chacal, en América es zorra. 0 es el ganado airoso de las pampas, que sorprende al viajero por su elegancia y perspicacia, porque parece el rebaño una parvada de escolares traviesos.

Gente de la Tierra del Fuego en 1883.
Gente de la Tierra del Fuego en 1883.


Andan en horda los pacíficos guanacos, celosos de sus hembras, que cuando sienten llegada la hora de morir, van, como los hombres de la Tierra del Fuego, a rendir la vida donde la rindieron los demás guanacos de su horda. Y de súbito la comitiva tiembla, y los guanacos huyen: es que viene rugiendo el puma fiero, que es el león de América, que se pasea del Ecuador fogoso a la Patagonia húmeda, y que no gime cuando se siente herido; ¡bravo león de América! Y más allá están guanacos muertos, y en medio de ellos, como corona del puma, bandadas de buitres que aguardan las migajas de la fiesta del león.

en gotas de rocío apagan su sed los roedores famélicos del bosque.

Fueguinos.
Fueguinos.

Y a poco, como divinidades del pantano, los fueguinos asoman, fangosa la melena, listado el rostro de blanco y encarnado, de piel de guanaco amparada la espalda, desnudo el pardo cuerpo. Mas, a poco que se les mira, surge de aquella bestia el hombre.

Martí no relata lo que vivió sino lo que leyó e imaginó, pero es que leer e imaginar son también formas de vivir, y reescribirlo todo, un género de literatura autobiográfica. No estuvo en Charleston el 31 de agosto de 1886 pero experimentó el terremoto que devastó a la ciudad ese día traduciendo las noticias que difundía la prensa estadounidense y recontando, conmovido, los hechos. No estuvo en Madrid durante las celebraciones del bicentenario de la muerte de Calderón de la Barca en mayo de 1881, pero quien lee su reseña de los festejos le supone concurriendo a los teatros y en medio de la multitud que presencia un desfile de gente a caballo y a pie, banderines y carrozas, efigies del dramaturgo y mujeres con mantos y plumas representando a los pueblos de América.

La vivacidad de la escritura martiana, la plasticidad de sus imágenes, la abundancia de pormenores, revelan no ya una familiaridad con la experiencia en cuestión sino una incorporación absoluta de esa experiencia. No escribió tanto porque se ganaba la vida escribiendo --en el sentido más común de la frase-- sino porque escribiendo vivía más, vivía las vidas de otros, las vidas que le hubiera gustado vivir.

Charles Darwin recorrió Sudamérica veinte años antes de que Martí naciera. Martí no se resignó a la discordancia y se propuso, recreando ese recorrido, recorrerla con él e invitarnos a todos, ávidos de más vida, a recorrerla con ellos.

El autor se fija en una página del diario de José Martí escrita en las Bahamas, mes y medio antes de morir

El civil que convoca a un pueblo a la guerra y tiene éxito con su convocatoria duerme con dificultad, anda sin abrigo por las aceras heladas de Nueva York, sube y baja escaleras, bebe mucho café y vino Mariani, y se alimenta mal. “Hombre ardilla”, lo apodará un colaborador, perplejo ante el sinnúmero de tareas donde lo ve volcarse: Quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible. Nunca ha estado en un campo de batalla, pero es demasiado inteligente y sensible para ignorar lo que sucede en ellos. Los muertos caerán sobre sus hombros; la derrota, de producirse, también, y él mismo estará en peligro de muerte porque allá se dirige, con el cuerpo maltrecho y un diario que lo sostiene, que lo apuntala más bien, porque él es todo hueso; un diario que le permitirá continuar siendo sobre el caballo o la hamaca, apoyado contra el tronco de un árbol o la superficie de una roca, y hasta en la cubierta de un vapor carguero, lo que esencialmente es, un escritor:

Pasan volando por lo alto del cielo, como grandes cruces, los flamencos de alas negras y pechos rosados. Van en filas, a espacios iguales uno de otro, y las filas apartadas hacia atrás. De timón va una hilera corta. La escuadra avanza ondeando.

El 3 de abril de 1895, José Martí y sus compañeros de viaje están en Gran Inagua, la más meridional de las islas Bahamas. El capitán de la goleta que los llevó hasta allí y que debe transportarlos clandestinamente a Cuba se retracta. El desaliento es grande: tendrán que regresar a Cabo Haitiano en otra nave y reemprender la expedición. Pero Martí ve pasar esas aves, y uno, leyendo su anotación, viéndolas atravesar la bóveda celeste gracias a él, sabe que lo han consolado: no importa que a ras de tierra todo se descalabre, allá arriba, indemne, va la perfección.

La frase final es un corto metraje: La escuadra avanza ondeando. Las aes son fotogramas que al sucederse comunican una impresión de movimiento. El gerundio imprime trémolo de bandera. La puntuación misma del párrafo imparte una idea de orden. Una gran paz asciende de él, y desciende del vuelo acompasado de los animales. Donde el hombre sólo alcanza a mirar, el mundo es bueno.

Pienso en Yosa Buson:

Son, contra el cielo,
escritura los gansos;
la luna, sello.


En Pablo Neruda:


Porque las garzas rojas me cruzaron:
iban volando como un rojo río,
y contra el resplandor venezolano
del sol azul ardiendo en el zafiro
surgió como un eclipse la hermosura…


Pienso en los mirlos que vuelan entre la luz de un poema de Wallace Stevens y, con anterioridad a ellos, en los ánades de Juan Clemente Zenea, cuyo grito atraviesa la inmensidad atmosférica:

Cuando emigran las aves en bandadas
suelen algunas, al llegar la noche,
detenerse en las costas ignoradas
y agruparse de paso a descansar:

Entonces dan los ánades un grito
que repiten los ecos, y parece
que hay un Dios que responde en lo infinito
llamando al hijo errante de la mar.


No importa que las bandadas se posen: la reverberación de sus gritos las sustituye en el aire y ofrece a la criatura sin hogar fijo la ilusión de oír la voz de la divinidad dirigirse a ella, reclamarla para ella.

Más que pensar, siento por un largo instante que todas estas aves me habitan; que flamencos, gansos, garzas, mirlos y ánades vuelan o se posan dentro de mí, acordes con lo que suceda en los ámbitos más soleados u oscuros de mi persona, atraídos o espantados por mis estados de ánimo, y que a veces hasta se alzan conmigo, sustrayéndome de mi cuerpo, y hasta cargando con él.

No es bueno volver sobre la anotación de Martí, aunque el rapto a que convida tiente. Las cruces se hacen más ostensibles; los colores de las alas y los pechos de los flamencos inquietan: aquéllas presagian luto, éstos rezuman sangre; la perfecta formación del grupo adquiere visos militares; la palabra “escuadra” recuerda una tropa; la escuadra y el timón, una flota de guerra. La muerte inunda la visión beatífica.

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