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El otro Martí

Los zapatos de José Martí.
Los zapatos de José Martí.

El autor recuerda el interés del poeta cubano en varios pares de zapatos

El destino de unos zapatos que cambian de dueño no deja de ser el destino del primero que los calzó. Todo prolonga la materia prima de que está hecho y al individuo que lo fabrica; prolonga, también, a quien lo estrena, aunque éste luego lo regale o eche a la basura. No sólo somos lo que retenemos sino lo que nos abandona, desde la lluvia de células muertas que esparcimos inadvertidamente a nuestro alrededor hasta los recuerdos que perdemos de vista y las palabras que, una vez pronunciadas, se incorporan al silencio, donde acaso sigan resonando, imperceptibles a nuestra facultad auditiva, tan inferior a la de algunos parientes no humanos.

De no haber sido por los buenos oficios de una mariposa, el destino de los zapatos de Pilar hubiera representado, además de una incógnita, un motivo de desasosiego para José Martí y, muerto él, para Cuba. Debemos al insecto la tranquilidad de saberlos a buen recaudo, tras un cristal, protegidos de la saña perentoria del tiempo por el amor de una madre que no quiso deshacerse de ellos cuando su hija falleció.

"Zapatos", Vicent Van Gogh
"Zapatos", Vicent Van Gogh

Son varios los pares de zapatos que alberga la obra de Martí: aquéllos, de su hijo, que no se atreve a guardar envueltos en hojas de periódico sin antes familiarizarse con lo que éstas dicen, por temor a que lo vergonzoso sea transferible y pase al niño; los blancos que calza María García Granados, y que él besa en la bóveda donde han depositado el cadáver de la joven; los que protegen los pies de otros niños a punto de remontar el sendero que conduce al Paraíso: En algunos pueblos de Colombia, los campesinos ponen en la mano a los niños muertos una copa de cartón “para no pasar sequía en el camino”. –Y les amarran a los pies unos zapatos de cartón “para que no se entunen, porque el camino del cielo es muy estrecho y está todo lleno de tunas”.

Hasta en las flores de una exhibición ve, Martí, zapatos: Los niños no quieren creer que sean flores de veras, sino pantuflas, pantuflas que han echado tres alas, por el talón. Hay pie de mujer que cabe, por supuesto, en el labio colgante (…)

Unos llaman pantuflas de señora al cipripedio, de labio afilado como la proa de un bongo, y otros le llaman mocasín, porque en algunas flores es como el zapato indio, redondo por la punta con manchas como cuentas (…)

Zapatero del siglo XIX.
Zapatero del siglo XIX.

Sus propios zapatos figuran en un cuaderno de apuntes: Una vez traduje en Madrid no sé qué contrato lleno de voces técnicas y extrañas. Mis botines se quejaban de mi abandono, y se hacía necesario reparar la brecha abierta; yo gané ocho pesos, lo que fue maravilla, con mi bellaca traducción. Yo gasté mis ocho pesos –no en botines sino en fotografías de cuadros buenos. –Creo que tuve que esperar un mes para tener zapatos.

No hay objetos insensibles a la actitud que se adopta ante ellos. Reaccionan como los animales y las plantas, sólo que de forma más circunspecta, y los zapatos, tan solidarios con sus dueños, tan solícitos a la hora de acompañarlos dondequiera que éstos deciden ir y hasta de insinuar el rumbo apropiado, no son la excepción.¡Cuántos malos pasos daríamos si no fuera por el juicio de nuestros zapatos! Martí, que lo veía todo pleno de espíritu, espíritu en las paredes mudas, en las casas solitarias; que se apresuraba a consolar hasta las casas vacías, cuando creía haber dicho algo que pudiera entristecerlas, no era indiferente al reclamo de los suyos, pero la necesidad de belleza era más apremiante que la piedad que éstos le inspiraban.

De su interés en el calzado ajeno da testimonio Enrique Loynaz del Castillo (1871-1963), que en sus Memorias de la Guerra narra lo que sucedió al final de su primer encuentro con Martí, en Nueva York, cuando aquél hombre que le doblaba la edad –Loynaz del Castillo tenía veinte años-- y a quien acababa de conocer en su oficina, le dedicó unos libros y, a punto de despedirlo, se percató de su facha: Y viendo empolvado mi sobretodo, tomó un cepillo, y con esmero lo sacudió.¡Y antes de que pudiera impedirlo, había también sacudido el polvo de mis zapatos! Un joven con los zapatos sucios puede perder la ruta, equivocar su causa.

Que las mariposas son almas lo supieron los griegos, egipcios, aztecas, birmanos y otros pueblos radicados en las más diversas geografías, desde los hopi de Norteamérica hasta los maoríes de Nueva Zelanda. ¿Cómo no adivinar en la que dio noticia del paradero de los zapatos de rosa de Pilar, el alma de la niña a quien ésta se los regaló? La difunta debe de haber permanecido en las inmediaciones de su hogar, asomada a las ventanas, atenta a la suerte de sus cosas y, de manera especial, a la de aquellos zapatos, los más bellos que jamás tuvo.

Un haiku de Kobayashi Issa da cuenta de la fidelidad de las almas a aquéllos en quienes encarnaron y a quienes se ven forzadas a abandonar:


Sobre la flecha
que ha derribado al ciervo,
mariposuela.


Tienta suponer que la presencia del insecto sobre el arma es un acto de fraternidad: el ciervo agoniza y la pequeña mariposa, compasiva, acude a socorrerlo, no quiere que expire solo. El poeta no especifica si ésta revolotea sobre el arma o permanece posada sobre ella. Tampoco importa: está ahí, mirando al moribundo a los ojos, echándole fresco al rostro a fuerza de batir las alas, susurrándole quién sabe qué cosas, dulcificando el trance.

Mejor suponer que el insecto es el alma del ciervo que aún duda si abandonarlo, que aún vela por su destino, como el alma de la niña muerta vela por el destino de los zapatos que le regaló Pilar.

No engendra hijos sino después de haberles procurado casa (José Martí)
No engendra hijos sino después de haberles procurado casa (José Martí)

La inteligencia de las aves para amarrar la rama endeble a la rama fuerte y proteger el destino de las crías es admirable. El autor revela el desenlace de la novela protagonizada por dos aves neoyorquinas.

Una novela en el “Central Park” es la historia real de una pareja de aves que advierte, consternada, cómo la rama del árbol donde ha fabricado su nido resulta demasiado débil para sostenerlo y puede acabar, si no quebrándose, sí doblándose y poniendo a los pichones que nacerán sobre ella al alcance de la tierra, de cuyo contacto ningún ave tiene buen recuerdo.

Tener alas, recuerda José Martí, no es sino el resultado del esfuerzo milenario de una criatura por poner distancia entre ella y el mundo, y dirigirse al cielo, en todas las acepciones posibles de esta palabra, incluso en la teológica. La vida a ras del suelo es temible, pero las alas no se improvisan. El propio Martí sabe cuán difícil es armarse de unas artificiales o, luego de conseguir crecerlas, conservarlas:

A todo hombre le quema la vida las alas de cera. Yo me hago otras alas y me las corto, y me las rehago: de modo que me parece que tengo ante mí un taller de alas. Pero duelen al salir; duelen al aletear; duelen más al caerse; siempre duelen.

La renuencia de las oropéndolas observadas por él a permitir que sus crías nazcan cerca de la superficie de la tierra me devuelve a un haiku de Kobayashi Issa cuya protagonista es una mariposa. Sólo que en este caso la permanencia en el aire no responde al temor a la tierra sino a la total indiferencia del insecto hacia ella y, sospecho, hacia quienes la habitamos:


Revolotea
la mariposa. El mundo
no le interesa.


El aire es un planeta aparte y, sin duda, más delicado que el nuestro. El aire está lleno de almas, decía Martí.

Una novela en el “Central Park” registra la angustia de las aves neoyorquinas e incluso sus discusiones ante la catástrofe en cierne:

Aletearon y piaron querellosamente los dos pajarillos. Se paraban en otra rama, y se movían en ella. Se juntaban como para consultarse, y separadamente, como para buscar, se perdían por el ramaje espeso. --Y volvían con tristeza, como dos esposos desdichados, a posarse sobre la rama débil. --Con el nido a medio fabricar, lleno ya de sus esperanzas y devaneos, ¿qué harían ahora: ni del amor impaciente, que les agitaba de adentro del pecho su plumaje de oro,--de su creador amor, ¿qué harían? Porque el pájaro, más sabio que el hombre, no engendra hijos sino después de haberles procurado casa.-- Ala contra ala seguían gimiendo los dos pajarillos.

Hay detalles dignos de hacer notar:

a) lo que colma el nido: esperanzas y devaneos;
b) la prisa del amor de las aves, típica de la juventud a la hora de acoplarse y ostensible en el temblor de las plumas que cubren el sitio donde la tradición sitúa los sentimientos (la sutileza de la percepción me devuelve a otro haiku cuyo autor no advierte que hay brisa hasta que ve la pelusilla de una oruga revolverse);
c) la frase penúltima, donde Martí antepone el sentido de responsabilidad de las aves al de los seres humanos: el pájaro, más sabio que el hombre, no engendra hijos sino después de haberles procurado casa. Acaso pensaba en el suyo, que no había disfrutado ni disfrutaría de hogar paterno seguro.

Pero las oropéndolas no se dan por vencidas: De pronto, saltan sobre una rama que estaba como a unas quince pulgadas por encima del nido amenazado; la oprimen con el cuerpo y la sacuden; tienden sus cabecitas a la rama de abajo, como para medir bien la distancia; pían con menos dolor; unen un instante sus picos, y, por lados contrarios, vuelan.

Se teme, por un instante, la separación definitiva de la pareja y el abandono del paraje. Pero el análisis a que han sometido su circunstancia intriga, induce a recapacitar y aviva el suspenso. Puede que algo se les haya ocurrido y que la ocurrencia demande el trámite que sólo momentáneamente las disgregará. La unión de los picos, como la de las bocas entre los animales humanos, es buen augurio.

Ya era de noche, y a la mañana siguiente se vio la maravilla. ¿Qué habían hecho las dos oropéndolas? ¿Llevado el nido a la otra rama? ¿Comenzado un nido nuevo? ¿Suspendido el amor hasta tenerle fabricada la casa? ¡Oh, no! que los novios no tienen espera! --Muchos pájaros saben tejer y anudar, y algunos, como el tejedor de la India, juntar por los extremos una hoja grande, en forma de embudo, y llenarla para recibir sus huevos.-- Y estas oropéndolas amables y traviesas habían hallado por el suelo piadoso un trozo de cordón, pasándolo por encima de la rama fuerte, y sujeto con sus dos extremos colgantes las alas del nido, a donde ahora, en silencio, están calentando sus huevos.

Hay que sonreír ante la sola idea de que las aves pudieran haber suspendido el amor hasta tenerle fabricada la casa, y ante el reconocimiento inmediato de que no hay pareja de enamorados movida por sus instintos que sepa de posposiciones. Es justo el calificativo de piadoso otorgado al suelo: lo fue, y mucho: suministró la cuerda para salvar el nido, lección que las oropéndolas, desconfiadas, debieron aprender; el presunto enemigo, aquél cuya proximidad rehuían, se les reveló cómplice. La inteligencia de las aves para amarrar la rama endeble a la rama fuerte y proteger el destino de las crías es admirable. También lo es que Martí acabe viendo al propio nido echar alas.

La frase final de la novela sitúa al lector debajo de la rama: Como tienen las plumas amarillas, se ve, por encima del nido, como una espuma de oro. La cuna adquiere jerarquía de nimbo.

Nada añade Una novela en el “Central Park” a la obra literaria de José Martí; sí, al mejor discernimiento de su persona, demasiado sensitiva para la ordinariez que, en cierta medida, cultivamos. No me sorprendería que la estatua ecuestre que se levanta en ese parque y lo muestra justo al instante de ser herido de muerte sirva de escala a las oropéndolas. Ni me sorprendería que entre ellas figuraran algunas descendientes de aquéllas que él vio anidar: los soles del verano disponen de igual manera al amor a los hombres y los pájaros.

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